
La foto debí hacerla con 16 o 17 años. Es un camino como muchos que había en torno a la casa asturiana de la familia. Los recorrí mil veces en bicicleta, andando y a caballo.
Robles, tejos, eucaliptos, manzanos, almendros, nogales... mi infancia asturiana (cuatro meses todos los años) estuvo rodeada de los árboles, sus luces y sombras y de sus aromas.
Creo que por eso no hay material que me guste más que la madera. Ni mármol, ni oro, ni metal, ni plástico de iphone...
Y como más me gusta es viva. Cuando apoyas la mano sobre un árbol notas a poco que te esfuerces que siente y late.
Y además un árbol es un bullir de otras vidas, pájaros, insectos, ofidios, otras plantas... los árboles son vida en muchos sentidos.
Viviendo en Madrid echo en falta el mar, pero sobre todo echo en falta esas montañas llenas de árboles.
Siempre que cogemos el coche rumbo al norte, cuando paso el Negrón, el tunel más largo, y me veo de repente en medio de los bosques parece que el alma se me hace más liviana.
Soy arborícola y maderófila.
3 comentarios:
Melisa, vaya descripción. Apetece fundirse con la madera de los árboles y todo.
Y sé que no es para menos. Esos paisajes que disfrutaste en tu infancia, merecen la pena y desde luego, forman parte de ti.
Ay Asturias, qué te voy a contar... Aunque no estaría mal que Lorenzo se dejara ver un poquitín más por el norte, a que si? :-)
Últimamente se deja ver más que nunca, los dos últimos veranos han sido soleadísimos.
Yo lo que pediría es que el pan no se quedara como chicle y el pelo como esponjas :)
¡Pero qué pastelerías verdad!
Me pareció leer que regresarías. Si lo haces, ya nos veremos. Si quieres...
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