
Toda mi familia paterna viene de Asturias. Toda mi familia materna del valle del Jerte, en Extremadura.
En ambos casos, tierras hermosas y fértiles, vergeles con agua que corre y canta y montañas en las que poner a prueba las piernas.
El lado asturiano de la familia me ha dejado un esqueleto recio, unos colores de lo más saludables en el rostro, poco apego a las posesiones materiales, gusto por el buen comer y beber, la facilidad para abrirme a la gente, la risa fácil y pocas ganas de complicarme la existencia.
El lado extremeño me ha dejado una piel que se tuesta y no se quema, manos de pianista, una tensión a prueba de bombas, los pies en la tierra y la cabeza en el presente, un honor extraño por la palabra dada, el quejarme poco, cierta suspicacia hacia todo el mundo y la parte ahorradora y curranta del cuento de la cigarra y la hormiga.
Siempre he creído ser un buen ejemplo de la teoría del vigor híbrido o heterosis.
Por lo que he podido rastrear, la parte asturiana siempre estuvo en Asturias. La parte extremeña en cambio probablemente venga de Judea: los pueblos de la rivera del Jerte son asentamientos de judíos conversos.
No es importante saber de dónde vienes. Pero viene bien saberlo para no tener que pensar más en ello.




