Siempre he practicado un deporte, probablemente el único entre aquellos medianamente conocidos, en el que las mujeres participan en igualdad absoluta de condiciones con los hombres y, además, les ganan con frecuencia. Un buen ejemplo es la doma clásica en Atenas 2004, con los cuatro primeros puestos ocupados por féminas. Me pregunto si crecer en ese mundo me ha hecho ser tan igualitaria de manera inconsciente como soy. Nada hay, a parte de las obvias diferencias físicas, que yo considere distinto en un hombre o una mujer. Nada que ellos logren que nosotras no podamos conseguir. Pero el mundo que me rodea sigue empeñado en enclaustrar a cada sexo en sus supuestos roles. Y en gran parte son las propias mujeres las que se autolimitan. Me explico: muchas de las féminas que aseguran tener miedo a los ratones, lo tienen sencillamente porque así es como se supone que una mujer debe reaccionar. Pocas luchas feministas quedan por abordar en países desarrollados como España, salvo las que cada una de nosotras debe emprender consigo misma.


